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Sevilla
 

Estoy en la terraza del hotel, más bien la azotea, no hay luz, solo los candiles de las calles y la majestuosa Giralda dominando el horizonte. Todavía se escucha el redoble de tambores de la procesión de El Baratillo. Regresábamos de cenar en una plaza del barrio de Santa Cruz, preciosa, con su fuente y adoquines y el olor a Azahar. Cesó la lluvia y salió el paso de la Virgen a nuestro lado, decidimos seguirla para verla atravesar el arco del Postigo, y no sé si fue arte o magia pero aquella bruma de incienso que todo lo impregnaba creaba una atmósfera al ritmo de la música y el danzar de los costaleros, que tan pronto avanzaban como retrocedían para cruzar el arco. Parecía que ya nada más podía ser único cuando de pronto se paran y un caballero desde su balconada se arranca a cantarle a la virgen, y se hizo el silencio mientras su voz retumbaba en las paredes de Sevilla.

2019

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